LA CUESTIÓN VENEZOLANA

Venezuela atraviesa una etapa compleja marcada por el cambio de ciclo y por una exigencia ciudadana de que su modelo evolucione; es evidente que no todo anda bien, que las instituciones fallan y no faltan quienes andan buscando responsables o culpables de la crisis del país, a la cual me gusta llamar “La Cuestión Venezolana”.

Esta Cuestión Venezolana asume su corporeidad en la contradicción de una sociedad aparentemente moderna, aparentemente pacifica, aparentemente feliz pero contradictoriamente llena de conflictos y violencias que revelan el afloramiento de un sustrato cuanto menos no de “la modernidad hoy”, sino de una modernidad antigua o quizá de componentes auténticamente premodernos. La nuestra es una sociedad que dice amar la paz pero sus indicadores de violencia social la contradicen, la nuestra es una sociedad que “pregona” unas cosas y hace otras muy distintas, una sociedad que se esconde tras un locus de control externo y atribuye o a individualidades o a agentes externos sus propios males generales, una sociedad que en no pocos ámbitos tiene un amplio doble rasero, donde cierto individualismo perverso y societalmente pervertido lleva a concebir que las reglas son para los demás, que es admisible aprovecharse del otro y en la que la capacidad individual de entender que el interés particular solo tendrá plenitud si encuentra alineamiento con la convivencia y los avances colectivos, es limitada.

La Cuestión Venezolana tiene mucho de divorcio entre moral, cultura y ley; tiene mucho de divorcio entre las instituciones culturales o contextuales, estas que están sembradas en la cotidianidad de la gente y expresan sus relaciones, y las instituciones formales que son las que responden al orden legal de nuestra “republica”, así como también mucho de divorcio con los códigos de valores intrínsecos a los individuos venezolanos. Y estos divorcios se ven agravados por una profunda crisis de identidad nacional abscriptiva y positiva, con tristeza hemos de asumir que la nación venezolana carece de una comunión de destino, de un sueño nacional compartido, de una visión compartida de país que nos permita tener acuerdos básicos que nos lleven a remar en una misma dirección y hacer avanzar “este barco nacional” del que somos parte todos.

La verdad dicha con testigos, es que la Cuestión Venezolana está cargada del significado de una sociedad que necesita definirse y reafirmarse en función de unos objetivos de futuro y que en función de ellos ha de operar un esfuerzo en el mundo de la cultura para poder hacerlos realidad. Y cuando se habla de cultura, se lo hace reivindicado el concepto trascendente original, cabe decir que el termino cultura proviene del latín colere y se comenzó a utilizar en la Roma antigua para hacer referencia a la actividad de cultivar la tierra, aunque ya con Cicerón se decía también “cultura animi” para referirse al “cultivo del espíritu”, cultura es el cultivo del hombre.

El gran reto para enfrentar y luego superar la Cuestión Venezolana, que nos ha caracterizado como un país de desconfianzas generalizadas y que estas están atadas íntimamente a una profunda improductividad parasitaria y a una violencia cada vez más virulenta, aparente condenada por todos pero sujeta a una pervertida impunidad cultural y moral que viene a sumar a sus efecto a la impunidad legal, es sin duda enfrentar el reto cultural de realinear moral, cultura y ley.

El reto por delante es el de reconciliar a Venezuela con su identidad positiva y enfrentar en el mundo de los valores, de lo que lo que culturalmente y moralmente se tolera, se permite, se admite o se prestigia aquellos elementos que le son nocivos a la misma sociedad que los incuba y genera. De nada servirá “sanear el Estado” si la sociedad sigue sin compartir ese saneamiento, siempre será mejor inhibir los comportamientos intolerables que reprimirlos, aunque la represión también funge como un elemento inhibidor.

Edison Arciniega.